Hoy no me funcionaba uno de los calcetines. Se me ha parado y eso que creo que le había dado cuerda.

En el fondo soy una nostálgica. Cuando fui a la tienda a adquirir este par de calcetos , la propietaria del local comercial ya me avisó de la carencia de garantía de los mismos pero no le hice caso; los vi tan cucos, que me enamoré de ellos nada más verlos. Y eso que la dependienta me mostró un amplio muestrario, gran diversidad de marcas, decoración y mecanismos de uso.

Al principio me sacó unos digitales que eran un primor, me gustaron un montón, acababan de llegar de Alemania. Eran divinos. Te masajeaban los píes; mantenían una temperatura estable en dichas extremidades que nunca superaba los 38º ni bajaba de los 32º; se remendaban solos; se autolavaban; se comían literalmente el olor de los píes; te quitaban los callos; andaban por ti y encima tenían una preciosa decoración camaleónica que se adaptaba a la tonalidad del atuendo que su propietario portara, incluso se hacían invisibles cuando se llevaban sandalias para evitar la siempre deplorable imagen "guiri", aún siéndolo; eran permanentes; se estiraban y se encogían según las necesidades de vestuario, vestidos cortos o largos; poseían alarma antirrobo y un tacto tan suave como la piel del interior de los muslos. Claro que luego me dijo el nombre propio de dichos calcetines y perdí un poco el interés, aunque en toda una vida por corta que ésta fuera, podía haberlos amortizado.

Después me saco unos de usar y tirar, pero mira oye, igual soy una sentimental de dar asco pero a mi me gusta establecer un vínculo emocional con todo lo que toca mi cuerpo. Yo soy así, ¿qué le voy a hacer?.

Más tarde me sacó una serie de calcetines convencionales que tenían su encanto pero me dejaron indiferente hasta que finalmente aparecieron los que serían mis compañeros de andaduras, es decir, andar las duras, hasta el día de hoy.

Allí estaban ellos con sus cuerdas; se mantenían de píe solitos, como chicos grandes. Eran los únicos de mi talla, me calzaban como un guante; me los puse y sentí el poder, todo el poder en mis píes. Su felpa me hacía temblar de emoción, les di cuerda y comencé a caminar, pasito a pasito, como el muñeco de la yaya. La dependienta vio ese brillo infantil en mis ojos y supo que no podría disuadirme, sin embargo lo intentó la muy cabrona. Me dijo: "- Mire usted, estos están caducados, no sé ni cómo se los he sacado, pero si me pilla Sanidad me los precinta. Para mi que son de cuando regentaba la tienda mi abuela, que en paz descanse y Dios la tenga en la gloria muchos años. Estos son mejores.-". Yo no escuchaba nada, no quería escuchar nada, aquellos calcetines tenían que ser míos.

Se me ha muerto un calcetín
© M.S.G
Pero hoy uno de esos calcetines se me ha muerto, y el otro anda en estado semi-comatoso y no sé como voy a reanimarlos. No me arrepiento de los paseos vividos con ellos, paseos inolvidables, momentos, recuerdos, pasos, bailes, sueños compartidos, viajes inacabados que aún quedan por hacer. Pues eso, que se me ha parado un calcetín y el otro va lento; así que voy por la vida arrastrándome con un peculiar paso que me va a granjear más de una y más de dos simpatías