Hoy no me
funcionaba uno de los calcetines. Se me ha parado y eso que creo que le había
dado cuerda.
En el fondo soy una nostálgica. Cuando fui a la tienda a adquirir este
par de calcetos , la propietaria del local comercial ya me avisó
de la carencia de garantía de los mismos pero no le hice caso; los
vi tan cucos, que me enamoré de ellos nada más verlos. Y eso
que la dependienta me mostró un amplio muestrario, gran diversidad
de marcas, decoración y mecanismos de uso.

Después me saco unos de usar y tirar, pero mira oye, igual soy una sentimental de dar asco pero a mi me gusta establecer un vínculo emocional con todo lo que toca mi cuerpo. Yo soy así, ¿qué le voy a hacer?.
Más tarde me sacó una serie de calcetines convencionales que tenían su encanto pero me dejaron indiferente hasta que finalmente aparecieron los que serían mis compañeros de andaduras, es decir, andar las duras, hasta el día de hoy.
Allí estaban ellos con sus cuerdas; se mantenían de píe solitos, como chicos grandes. Eran los únicos de mi talla, me calzaban como un guante; me los puse y sentí el poder, todo el poder en mis píes. Su felpa me hacía temblar de emoción, les di cuerda y comencé a caminar, pasito a pasito, como el muñeco de la yaya. La dependienta vio ese brillo infantil en mis ojos y supo que no podría disuadirme, sin embargo lo intentó la muy cabrona. Me dijo: "- Mire usted, estos están caducados, no sé ni cómo se los he sacado, pero si me pilla Sanidad me los precinta. Para mi que son de cuando regentaba la tienda mi abuela, que en paz descanse y Dios la tenga en la gloria muchos años. Estos son mejores.-". Yo no escuchaba nada, no quería escuchar nada, aquellos calcetines tenían que ser míos.


